ER Diario
06/03/2021

Mala muerte

Mala muerte es otro cuento de Julián Vilches. Aquí escribe sobre la muerte, la naturaleza, el amor y la rebelión.

Y lo sostuvo por el torso, por entre las axilas, lo arrastró río abajo donde podrían esconderse aunque fuese un rato más de aquellas alimañas perpetuadoras de escenas que no podían sacarse de la cabeza. La realidad era que Roberto estaba casi muerto, ya sus pensamientos divagaban entre lo que podía ser el cielo, el infierno, un limbo, o tal vez el Hades, la legión de los muertos donde todos irían por igual y desfilarían sin cesar, sin parar, hasta llegar no se sabe dónde, cruzados por el brumoso río Aqueronte. La verdad era que Roberto ya estaba muerto, Carlos luchaba por arrastrarlo entre las ciénagas donde desembocaba aquel arroyo de alguna zona de las sierras cordobesas.

Carlos insistía con llevar el cuerpo, ya casi rígido, por el frío y el paso de las horas en aquellos arroyos helados que bajan de las pequeñas montañas que rodean toda la zona, lo que traslasierra le llamarían más adelante turísticamente. En ese instante, en ese momento, era un refugio, un recurso.

De golpe, cerró los ojos se echó hacia atrás y puso las palmas de sus manos sobre sus ojos, no sabía si llorar o reír, no sabía si estaba bien o estaba mal, no sabía si lo habían logrado o no. Sólo sabía que muchos de esos milicos de mierda que habían desaparecido a doce de sus compañeros con sus respectivas esposas habían volado por los aires, con explosivos caseros, hechos de químicos obtenidos de forma legal. Fácil y simple, ellos dos se habían metido en aquel regimiento fingiendo ser extranjeros extraviados, hablaban muy bien el inglés.

Excuse me, I don´t understand, repetían a cada paso de alto que le daban.

Y repetían, excuse me, don´t unerstand but we can share some cookies later y sonreían con su canasta llena de bombas caseras, Roberto y Carlos, que no sólo habían hecho de extranjeros si no que de pareja, algo que el Comandante había hecho notar diciendo qué hacían esas mariquitas “yankees” perdidas en su campus de entrenamiento. ¿Cómo habían ido a parar allí a hacer un picnic con pinutbutter? Aquel frasco Roberto lo había obtenido de una casa de antigüedades y era lo único que mostraba como evidencia de su picnic, lo había rellenado de una especie de plasticola con acrílico color tierra que había logrado mezclando dos colores primarios y un terciario.

Estaban allí sentados como dos mariposas se posan en una misma flor, esperando a que alguna tela de araña les cayera encima. Pero como eso no sucede, a las arañas hay que ir a buscarlas porque están escondidas en sus guaridas, temerosas de ser descubiertas, pues algo malo hacen las arañas; salieron en búsqueda de la acción, temblorosos como hojas de otoño antes de esa última caída lenta, en donde ellas también y tal vez ven su vida entera, como dicen, hacen los seres humanos. Ese último instante donde se pasa todo en un segundo. Después del estallido las corridas, después de las corridas, las balas, después de las balas… Roberto.

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