ER Diario
29/03/2020

Acerca del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio o de la reconfiguración de la cotidianeidad

Una reflexión sobre cómo se organiza el espacio, la circulación del capital y la vigilancia en tiempos de coronavirus.

Por Sebastian Rigotti

El SARS-CoV-2 o “nuevo coronavirus” hizo su entrada en la escena mundial en diciembre de 2019 desde Wuhan, China. Se trata de una zoonosis vírica, es decir, de un virus que se contagia desde los animales. A pocos meses de tener noticias de este “coronavirus”, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró a la enfermedad como una pandemia global. Los resultados son por todos/as conocidos. En el caso de nuestro país, a lo largo del territorio nacional se despliega un Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, que denominamos “cuarentena”, para entendernos rápidamente.

Las siguientes son reflexiones e interrogantes en torno a la situación a partir de dos ejes en los que vivimos, en los que desplegamos todo lo que hacemos/decimos: tiempo y espacio.

 

El tiempo del capital

Un amigo siempre sostenía que “El que no habla del capital, no habla de nada”. Retomo brevemente esa idea. En esta situación de “cuarentena” nos encontramos con debates en torno  a la “necesidad” de “volver a la normalidad”, es decir, a la producción e intercambio de mercancías y al funcionamiento de las otras instituciones que se relacionan de alguna manera con este proceso, como por ejemplo las deportivas, las educativas, entre otras.

Partamos de un ejemplo: el desarrollo de las actividades deportivas (ya sea recreativas o competitivas) y educativas (desde el jardín a la universidad) implica en buena medida a las/los niñas/os y jóvenes, que asisten diariamente a alguna (sino a ambas) institución para tal fin. Es en estos lugares en los que se ponen en juego estrategias lúdicas y de aprendizaje, de disciplina y de formación, que implican una cercanía entre los cuerpos y un compartir, hacer algo en común,  lo que incrementa exponencialmente el riesgo de contagio. La mayoría de quienes no asistimos a aquellas instituciones hemos delegado en las y los trabajadores de las mismas la función de educar a las y los niñas/os y jóvenes; delegación que implica una cierta regulación del espacio y del tiempo, propia de cada institución.

Pues bien, la “cuarentena” nos obliga a quedarnos en casa con nuestras/os niñas/os y jóvenes y, a la vez, con las regulaciones del tiempo que esas instituciones intentan trasladar al ámbito privado. Cabe un añadido: es posible que no estemos dispuestas/os compartir tanto tiempo junto a ellas/os; es muy probable que no dispongamos de las habilidades para formarlas/os educativa y lúdicamente porque hemos delegado esa responsabilidad en otras instituciones.

¿Cuál es la primera respuesta reflexiva ante esta situación? Les pedimos a las/los trabajadoras/es de las instituciones educativas y deportivas que invadan el (nuestro) espacio privado con tareas y ejercicios, es decir, que trasladen la lógica de aquellas instituciones al ámbito privado. Ya no solamente se trata de trabajar desde el hogar, sino también de educarse y ejercitarse en/desde el hogar. Esta lógica es, por supuesto, la lógica regida por el tiempo del capital: producción continua, constante y repetitiva.

¿Cómo se logra acceder a esta lógica y a este tiempo? A través de los dispositivos tecnológicos que conocemos y de la virtualidad e instantaneidad que posibilitan: un uso de entornos virtuales de aprendizaje para lograr el llamado “aprendizaje móvil” o “aprendizaje ubicuo”, que presupone la posibilidad de aprender en “cualquier momento y en cualquier lugar”. Lo mismo ocurre con las rutinas de ejercicios: esta situación es propicia para trasladarlas a nuestro living, o habitación, o cocina-comedor, o balcón, etc.

Por su parte, para los recreos o tiempos de ocio tenemos a disposición ya no solamente la televisión, sino también Netflix, Flow, el sinfín de páginas para ver y descargar material audiovisual, Facebook, Instagram, etc.

Ahora bien, ¿qué nos sucede si no logramos replicar las tareas y funciones de esas instituciones? Especialistas en el campo de la Salud Mental cuentan que, por esta situación de “cuarentena”, las personas les hacen consultas por distintos trastornos de ansiedad producidos por la “incertidumbre” que les genera la falta de la rutina. Las fobias, entonces, aparecen cuando se trastoca el tiempo del capital.

Así, pues, la vida social que extrañamos, al menos en una porción sustantiva de ella, es la del tiempo de la producción constante, que dispone qué, cómo y cuándo hacer lo que debemos hacer. La “cuarentena” nos ha llevado a regir el tiempo en el ámbito privado por la lógica del capital, es decir, hemos accedido gustosamente, hemos solicitado enfáticamente que el tiempo regido por la lógica del capital regule cada vez más nuestra vida. Incluso podríamos decir que, gracias a las actividades que “ocupan” nuestro tiempo, tenemos qué hacer y sabemos qué hacer. “No son vacaciones”, podríamos resumir.

 

El espacio de camaradas-vigilantes

Durante una entrevista que le realizan en la década de 1970, el pensador francés Michel Foucault sostiene que en las sociedades disciplinarias el orden de visibilidad transforma a cada vigilante en un camarada y cada camarada en un vigilante. ¿Qué nos quiere decir con esta afirmación? Ni más ni menos que el funcionamiento de las  sociedades modernas posiciona a cada persona como un vigilante. En otros términos: ya no se puede distinguir entre quienes trabajan de policías y vigilan un determinado espacio para castigar aquello que está prohibido que ocurre, por un lado, y las personas de a pie que habitan y transitan esos espacios, por el otro. De esta manera, se exacerba la denuncia y el castigo del incumplimiento de lo que debe aparecer o no en un espacio. Con las sociedades de control –la actual configuración del poder según otro pensador francés, Gilles Deleuze– eso se incrementa al paroxismo ya que no hay «instituciones disciplinarias» sino una rejilla de control permanente.

La consigna “Quedate en casa” se reproduce aquí y allá, en los institutos del Estado, en los medios de comunicación, en las redes sociales, etc. La situación de “cuarentena” obliga a que, ante la falta de una cura y de un sistema de salud que pueda socorrer a la cantidad potencial de personas infectadas, la mejor solución sea no salir a la calle, no habitar ni circular los espacios que no sean los privados.

¿Cómo se organiza, entonces, el espacio? En primer lugar, a partir de una intervención del Estado para autorizar a quiénes sí pueden circular, por un lado, y para reprimir a quiénes no pueden circular. En segundo lugar, a partir de la intervención de las personas como garantes de no circulación, por un lado, y como agentes de denuncia y represión simbólica, por el otro.

A partir de allí podemos comprender cómo todos los espacios se han transformado en espacios vigilados por todas las personas: ya sea por agentes de los institutos represivos del Estado, que hacen cumplir la violencia legítima; ya sea por personas a simple vista, porque quienes pueden circular vigilan y denuncian a quienes no; ya sea a través de los informativos, que ponen en cámara a las personas que no están autorizadas y las interpelan; ya sea por quienes desde sus casas, a través de dispositivos tecnológicos, capturan sus lentes a las personas que no cumplen con la “cuarentena”.

El escenario que acabamos de reconstruir, con mayor o menos precisión respecto de lo que acontece, no incluye a toda la población existente: las desigualdades que resultan del sistema capitalista impiden a un gran número de compatriotas acceder a la lógica del tiempo productivo del capital y al espacio reglado del control. Nos debemos algunas palabras para reflexionar sobre su situación.

 

La vida, humana y animal

Si nuestras líneas acerca del tiempo y el espacio en la situación de “cuarentena” hacen sentido, entonces podemos avanzar en algunas breves reflexiones finales. En la Grecia Antigua se usaban dos palabras para lo que hoy significamos como vida: por un lado, bíos, la vida humana, estructurada simbólicamente a partir del lenguaje y que implica compartir con otros/as y proyectar un futuro; y, por otro lado, zoé, la vida animal, que no tiene lenguaje ni va más allá de la supervivencia del día a día.

La relación entre humanos y animales ha existido desde siempre. Lo que ha cambiado es cómo se ha desarrollado esa relación. La zoonosis, por ejemplo, es el término que se utiliza para dar cuenta del contagio de los virus entre ambos elementos. El SARS-CoV-2 o “nuevo coronavirus”, como dijimos al principio, se inscribe en esta relación, al igual que otros como la Gripe Aviar, el Ébola, el Hantavirus, el Zika, entre otros. (La Tuberculosis y la Peste Bubónica, entre otras, también se inscriben en esta relación humano-animal, aunque son zoonosis bacterianas). A lo largo de la historia las enfermedades resultantes de zoonosis han azolado y azotado a la vida social, aunque no se han sucedido con tanta frecuencia como en la última centuria; incluso, podríamos decir, como en las últimas 3 o 4.

¿Por qué los virus están cada vez más presentes? Desde nuestro punto de vista, amén de las precisiones que distintas/os especialistas de las más diversas áreas del conocimiento pueden aportar, lo que ocurre es una catástrofe ambiental cada vez más profunda: la humanidad ocupa y/o destruye zonas en que la vida animal se reproduce, y, con ello, propicia la zoonosis. Es la lógica del capital la que motoriza tamaña depredación y configura instancias de contagio que, además, se multiplican aceleradamente por millones a lo largo y ancho del planeta. Desde principios de 2020 tenemos noticias de la lejana Wuhan y lo que sufrían sus habitantes; a poco más de dos meses de aquellas peligrosas novedades, el “nuevo coronavirus” golpea a nuestras puertas.  De allí que el SARS-CoV-2 sea una pandemia.

Así, pues, algo que se desprende de las zoonosis propiciadas y aceleradas por la lógica intrínseca del capital es la resignificación de la vida misma: si la supervivencia y el aislamiento del sálvese quién y cómo pueda rige la vida animal –la zoé–, entonces nos preguntamos: ¿la situación de excepción actual destruye de la vida social –la bíos–? Si los dispositivos tecnológicos que posibilitan la comunicación, extienden la lógica y el tiempo del capital hasta nuestro ámbito privado, ¿contribuye nuestra demanda de cotidianeidad a que cedamos la posibilidad de decidir sobre nuestro tiempo? Si el ejercicio de denunciar y pedir castigo para quienes no pueden circular en los espacios, ¿no nos transformamos en las/los agentes necesarias/os para reproducir la lógica de la vigilancia, el control y el castigo hasta el último milímetro?

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